¿Alguien ha ido con un par de duros a la tienda de la esquina a comprarse unas chucherías y cuando se las ha echado a la boca estaban más duras que un palo, con sabores sintéticos de polvillo artificial y con un tufo rancio de mira que te cuente? Pues algo así es esta serie.
De una factura bastante cuidada y profesional, el resto es una abominable razón para echarse los dedos a la campanilla y potar tras el empacho de golosinas.
El planteamiento es el retrillado hasta la saturación en otras variantes (amigas del cole que se juntan a hacer fiestas de pijamas ya de mayores, super héroes que vuelven tras retirarse, mosqueteros que ya viejos vuelven a ser mosqueteros...) de los parchises que se unen en el funeral de la gominola naranja.
El líder es un tipo fracasado, que en cualquier momento va a tirar de la fregona y decir "un poquito de por favor", algo asqueado (no como personaje, sino como actor de su personaje), que tiene una hermana que fue obesa y que ahora no (¿Mónica Geller?), un amigo tonto y matón con buen corazón, otro amigo chulo putas que asciende comiendo de todo interpretado por un Arturo Valls que no cambia de papel aunque sí de cadena y una Kira Miró que parece que lo único que sabe hacer bien es ser una zorra rubia tonta con ganas de bajarse las bragas lo más rápido posible.
Por lo demás... Ah, si es que no hay nada más. Deprimente. La gente dice "es un buen comienzo", "promete". Pues no sé dónde le ven lo bueno ni las promesas. ¿Humor negro? Madre mía. Qué grado de resignación nos hace tener la televisión de hoy en día.