Quiero ser abuela.
Sí, señores. Quiero ser abuela. Primero, porque poquitas abuelas están de exámenes en estas fechas. Segundo, porque parece que el café que una toma se acumula e hiberna y hace efecto a partir de los 60 años. Entonces los individuos son capaces de estar como nuevos durmiendo pocas horas al día.
Yo he dormido 3 horas en las últimas 72 horas y me siento abuela. Pero no disfruto de los beneficios que estas amables señoras tienen. Por ejemplo: yo no puedo ir a un programa de televisión, sentarme en la falda del presentador y decirle guarrerías. Primero porque todavía la cafeína no ha corroído la poca vergüenza que nos dan al nacer. Segundo porque no me saldría.
Ay madre mía. Cómo me gustaría a mí tener la cara de soltar una parrafada en la línea del amigo pervertido del tomate, uyuyuyuyui cómo me pones, mmmm, y esas cosas. Que voz para eso tengo.
Pero... no sé. Yo soy más de susurrar al oído. De decir las cosas con los ojos y bajar la mirada. De quedarme fijamente mirando los ojos del interlocutor hasta ver perfectamente el reflejo azul de los míos.
¿Que si pagaría por sentarme en la falda de Ángel Martín? Pues sí...ya hice una puja en firme, pero parece que no debo ser suficiente. Pero desde luego, si pudiera, no le diría guarradas a voces...las voces y las guarradas son cosas de pocas palabras y muchas acciones.
Seguiré al acecho.
